M.E.T.A. Una introducción perfumada

Hablemos de olores.

Hay olores que se han perdido para siempre. Los salones recreativos, por ejemplo, y su peste a tabaco y a sudor adolescente. Allí aprendimos a fumar tras una máquina donde unas veces instalaban el After Burner y otras el Wonder Boy. Allí espiábamos a las muchachas que con cinco duros aguantaban una tarde entera jugando al Tetris. El olor de esas tardes se ha perdido, ya no volverá. Ya no se fuma en lugares públicos, ya no lo hacen los niños, ya no lo permitimos los adultos. El mundo avanza, pero nosotros retrocedemos.

Aquel lugar, aquella cueva, olía a costras de sudor, a aceite de futbolín a circuitos recalentados, a estaño borboteante. Allí una moneda era un privilegio. Si alguien jugaba lo rodeábamos como si fuera el chamán de la tribu. Allí tejíamos historias y sortilegios. Los mitos modernos son esos, los nuevos templos eran aquellos salones.

Quien achaca a los videojuegos todos los males del mundo moderno, quien habla de soledad, aislamiento o egoísmo, no vivió aquellos días de viril compañerismo. Estábamos otra vez alrededor de una hoguera, con su luz artificial y sus chispas eléctricas, contando historias. Como siempre.

Éramos los sacerdotes del culto. No importaba lo que decían las escrituras, sino lo que nosotros interpretábamos en ellas.

Y el olor, ese olor a ceniza mojada, y un humo espeso ascendiendo al cielo como en la Roma antigua ascendía el humo del incienso de los templos paganos.

Y en nuestras casas, en las tardes de verano, rodeados de otros niños, oliendo a cloro y a hierba fresca. Y ese olor extraño, como de plástico quemado, que ya no tienen las consolas modernas. Era un culto más privado, pero igual de delicado. Un culto que perdimos, como perdimos tantas cosas, sin darnos cuenta, olvidado en cajas y en desvanes donde el olor de lo que fuimos es hoy vulgar olor a moho.

No recuperaremos aquel aroma, pútrido y viciado, es cierto, pero nuestro al fin y al cabo. Pero aunque las hogueras se hayan apagado, quedan las historias, flotando en aire, como la ceniza de un cigarro adolescente.

M.E.T.A. es un emulador de humo y ceniza. El Multi Emulador de Texto Arcade huele a papel y tinta, a realidad aumentada aplicada a pixels y polígonos sin texturas, a texto a granel y combinación de botones, a ficción y a realidades múltiples.

M.E.T.A. huele a final boss.

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