Una introducción propioceptiva

Cuando, créeme, cuando una moneda de 25 pesetas daba para terminar sin haber continuado, créeme amigo, tú lo sabes, eso era pura magia. Eso elaboraba las categorías actuales de mito que pueblan tu postencorsetada cabeza.

Porque esa maldita moneda te decía dónde estabas en aquel momento. Y a eso, cuando pasaba por tu cuerpo verbigracia, le llamaremos PROPIOCEPCIÓN.

Una esfera imperfecta, níquel que pesa 8.3 gramos y mide 26 mm, la moneda que te da la pauta para conocer el camino. De manera que así, sin gastar la última vida, con las manos de pianista, la perfección del cirujano, alguien (¡alguna vez tú mismo!) lograba pasar, tras cuarentaymuchos minutos o una hora de gloria, hasta los créditos, hasta la cocina de Dios que te decía: le he elegido a él porque tú también podrás hacerlo. Crecerás, tendrás una familia, conseguirás grandes metas, prácticamente todo lo que te propongas. Porque aquí y ahora, da-sein, amigo mío, en este antro que lleva ese anciano de suficiente mala hostia para aguantar tanta hormona preadolescente, aquí, digo, a través de esa única moneda y la partida que acaba de echar ese que es más hábil que tú y culminar, oh orgasmo prepúber, aquí te digo que tú también podrás. Podrás el resto de tu vida.

Aunque ahora mismo, cuando él acabe y todos se vayan y tú introduzcas tu única moneda y te maten en los tres primeros minutos no lo creas, continúa. Continúa luchando porque sabes dónde está cada parte de tu cuerpo, porque eres un verdadero perdedor.

Pero quieres mejorar eso. Eso era esa moneda.

Sólo valoramos la luz después de la noche cerrada.

Eso es lo que encontrarás en M.E.T.A.

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