M.E.T.A.Reseña: The Graveyard

El cementerio es un cuadro intermitente sobre cuya contemplación podemos interactuar, aunque de forma limitadísima. El cementerio es un escenario no reactivo. En The Graveyard, manejamos a una Anciana que no somos, con la que no nos podemos identificar pues la falta de contexto y el interespaciado generacional es un abismo; y la manejamos en línea recta, guiándola lenta, lenta, lenta, lenta, lentamente a lo largo del único camino transitable en el cementerio. Al final del camino hay un banco. El cementerio es el ruido blanco y el ruido negro de un último día, es el graznido y el ulular de la carbonilla, del tóner residual de las fotocopias de recuerdos en la memoria completa de una vida. La Anciana toma asiento en el banco y a nosotros se nos concede la escucha de su canción, una tonadilla de muerte y retales, que nos cuenta que del año ocho al año cuarenta, sí, Irma aún era joven, una alemana tísica, de corazón demasiado grande y pulmones demasiado débiles; René padecía fibrosis; Auntie Moe, mientras dormía, se cayó en un sueño y de allí ya no pudo ser rescatada; mirad, ahí está Emma, nonata, cuidado, no la piséis, su fotografía desapareció hace tiempo, una pequeña cruz azul, nunca bautizada; y Roger, un cáncer que creció demasiado para su propio bien…; cuando la hiedra es demasiado alta, arroja demasiada sombra; la han podado; ácido sobre el granito, burbujas blancas, espuma amarilla; estropajo metálico para limpiar el óxido; rascar los años y las fechas y un cincel para tu nombre; porque cuando nos vamos…; quisiera arrancar esas telarañas entre las piernas de Jesús, barrer la arena de entre los dedos de sus pies; si aún pudiese agacharme…; quiero un querubín de porcelana, una colcha de mármol negro; flores de piedra serán suficientes para mantenerme bonita y caliente…; ácido sobre el granito, burbujas blancas, espuma amarilla; estropajo metálico para limpiar el óxido; rascar los años y las fechas y un cincel para tu nombre; porque cuando nos vamos…

La Anciana es el perfil bajo la música, conteniendo la intuición de todas las explicaciones que pudiésemos necesitar a por qué estamos aquí. El cementerio es el sitio en el que entendemos que una ausencia no siempre es un vacío; que el rastro calloso de lo que fuimos, petrifica y queda. A veces, queda como estorbo. A veces, legado. A veces como lastre, como advertencia. A veces, como acompañamiento a un último día ajeno. La versión de pago de The Graveyard varía en que, en ésta, la Anciana muere mientras aún suena su canción. En contradicción con toda escuela del videojuego, la muerte es un alivio y una liberación. La anciana es liberada del juego, de su bucle, de su náusea por sobreexposición a la melancolía; y, con ella, nosotros. Dejamos el cementerio, regresamos al menú principal, y podemos volver a jugar otra vez, si lo deseamos. Y lo hacemos.

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