CAPCOM VS WINDOWS

blanka stage

EMPLEADOS Y/O EMPLEADAS: estimados todos, una persona sabia no puede nunca renegar de la violencia, es pura cuestión de responsabilidad. Jesucristo ofreció la otra mejilla solo antes de echar a los mercaderes a puntapiés del Templo®, los yernos de Mahoma hablaban de piedad mientras pasaban a cuchillo su Península desde la Mecaa Damasco y existen tradiciones a propósito de Confucio que le muestran lanzando furibundos prolegómenos capaces de derribar los muros milenarios de Shambala [los peores, por supuesto, siempre son los laicos]. Es por esto que, igual que en los mapas del tesoro, siempre hay una X entre los botones que traslada a la pantalla un puño, una patada, un salto con caída atronador o una ametralladora con la única y legítima finalidad, no siempre bien entendida, de impedirnos bajar la guardia. Cualquier otra alternativa es nula. COMPAÑEROS Y/O COMPAÑERAS: nuestro campo de batalla es el pensamiento. Pero que no os engañe el lema: nuestro pensamiento son los huesos, pieles y tendones. El orificio de salida y el de entrada de hadouken proyectado por aquel muchacho rubio en la pantalla. Pixelando la muerte, la velocidad. Las onomatopeyas, si nos permitís que compartamos con vosotros los recuerdos de infancia en los recreativos de la heladería de la base americana de Torrejón y las primeras visitas a las salas de la Vaguada de Madrid, acompañando a nuestros casi siempre fascinantes primos HEMOS DE HEREDAR LA MUERTE: mas, colegas, no la muerte mínima, fascicular y cotidiana que compite en una lentísima carrera con la tasa de natalidad hasta la completa extinción de la especie: hablamos de la Muerte. Hablamos de la ingenuidad. De los rojos, amarillos, verdes que se pulsan en una correcta sucesión hasta que el simiesco combatiente brasileño brinda la electrocución como réplica a cualquier ataque. Hay una incontestable agilidad en ésta y lo que se nos pide es dar ejemplo MUCHACHOS Y MUCHACHAS entrañables sois para nosotros como aquellos críos algo más mayores que empujaba a los otros y usurpaban el joystick. Estuvimos ahí. Nosotros lo entendemos. Les evocamos aporreados y sumisos a las tobas de nuestros casi fascinantes primos, aunque no sabemos si esto es lo que nos contaron o lo vimos con nuestros propios ojos que nada entendían por entonces de las puntuaciones y las iniciales inalcanzables transitando la pantalla, preludiando un alarido: a mí llamadme por mi nombre ESTO ES ASÍ esto así reza en la placa a la puerta de mi despacho. Podéis venir a saludarme siempre que lo deseéis. Mis patadas giratorias como aspas de helicóptero o antecedentes penales en la adolescencia imaginada por las esquinas de los recreativos repletos de futbolines, billares y máquinas anticuadas incluso ya en la edad de la que hablo. Cuando hacía años que no veía con mis primos y las tardes del viernes abrían de esta forma, haciendo tiempo, riéndonos las gracias unos a otros en la pandilla que ahora me gustaría, en realidad, recomponer con vosotros, chicos y/o chicas LA RADIOGRAFÍA DEL INSTANTE se completa con megafonía, puños de camisa rebañando el polvo y las pestañas, las minúsculas esquirlas de piel seca acumulado entre las teclas, los hurgamientos de nariz furtivos. Pensáis que no os veo. Y es cierto.

No lo necesito, yo ya he estado ahí, en dónde estáis cada uno de vosotros y vosotras con el culo reblandecido por la presión contra una silla semiacolchada que se autoproclama ergonómica y te invita a sospechar si es que la ergonomía no es otra cosa que un caos blanco de posturas que tratamos de esquivar igual que a los asteriscos explosivos del tablero en la pantalla. Yo creo. Nos creemos Y HEMOS DE ATENDER LA MUERTE cogerle el teléfono, pulsar el pad, inclinarse peligrosamente sobre la pantalla con la idea estúpida de que vuestras cabezas opaquen la imagen de robóticos estandartes saltando incandescentes con los números que rodearan al punto de explosión, esa cuadrícula, baldosa o lápida a la que nos encomendamos para pergeñar la insolidaria rotación del tiempo. Esto es el placer al que sucumbe mi cerebro, hoy día. Siete años atrás, mi fuego era raigambre. ¿Veinticinco años? Aliteración o cochambre: jamás tuve clara la diferencia. Mis siempre fascinantes primos eran ya un chiste recurrente, como el helicóptero que trazaban las piernas de la luchadora china, sus bragas como un vórtice galáctico, no sé si me entendéis LOS AMIGOS MUEREN tanto, pero no necesariamente en el sentido literal, no toda la muerte es literal: testigo es aquel monólogo de electricidad inconmensurable rabiando entre los cables de las máquinas en los arcades arrabaleros que frecuentábamos haciendo tiempo hasta que abrían los bares o se nos acababan las latas de cerveza, celosos todavía del arcano de los combos de botones que huían de nuestros deditos para refugiarse en los de nuestros adversarios, llamados con toda seguridad a unos destinos más verosímiles que el de pisar el mordisco de las grapadoras o teclear excelentemente redactadas quejas a Recursos Humanos CUANDO YO SOY EL RECURSO HUMANO igual que lo sois vosotros, para todas estas prosas que resbalan por la bilis que habéis aprendido a regurgitar con pavorosa coincidencia en estos años transcurridos que decís que os aburren. ¿Cómo no? El tedio es enervante como las cuerdas que aferran los tobillos de cada princesa del Brasil, por ejemplo, cuando nos recordamos destruyéndoles el culo a sus morenos paladines sin que nuestra gorra roja de plato se deslice ni un milímetro por encima del surco de la frente y muestre la debilidad de nuestro ceño que es gemelo a las franquicias y los desdecires por venir.

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