M.E.T.A. #2: NIVEL 3

META2in

Es domingo por la tarde y no puede más. El salón está patas arriba, hay que poner dos lavadoras, no tiene comida para mañana, se ha fundido una bombilla y hay una invasión de hormiguitas en la cocina. Tiempo. No hay tiempo.

Para. Se queda en el suelo, con la grapadora industrial en la mano, y deja de intentar arreglar la banqueta rota. Mira a ninguna parte. Puede oler las toallas; puede oírlas, pidiendo un lavado. Escucha las mandibulitas de las hormigas, y sus patitas, llevándose las migas de pan de debajo del tostador. No se mueve. Su ropa de trabajo, puesta de cualquier manera en la habitación, se está doblando y llenando de pelusa. Ve cómo esa ropa se prende fuego, se consume, quema la silla primero, las cortinas después, la cama y la puerta, y el fuego dirigiéndose hacia él por el pasillo. No se mueve.

Las llamas casi llegan al salón. Parpadea, y desaparecen. Mira a su alrededor. Recuerda vagamente haberse esmerado en elegir colores alegres para la decoración, pero ahora todo es gris. Antes de que se dé cuenta de lo que está pasando, está sentado en el sofá, la carpeta roja y gris del trabajo abierta y destripada sobre la mesita, luz artificial potente que no logra disimular del todo la luz triste del domingo, y marcas de rotuladores en los folios como brechas furiosas. No se encuentra bien. La fontanería de las zonas 1-3 y 3-3 es bastante deficiente. Revisar escapes en tuberías, la factura del agua es desorbitada. Las carnívoras aguantan bien, pero en las secciones de desierto las flores de fuego necesitan al menos una cuadrilla de jardineros en exclusiva. La reducción de sueldo (que a él también le afecta, pero ahora le duele demasiado la cabeza como para importarle) está dando un poco de margen a las cuentas generales, pero ha creado complicaciones en el ambiente laboral. Apretar un poco más las tuercas podría significar un nuevo warp-zone (como en el 85), y la compañía no está como para permitirse eso. Los de mantenimiento lo saben, y son el grupo de presión más activo de trabajadores. En cualquier caso, él tiene las prioridades muy claras: aunque morirían (y mueren) felices por la causa, los equipos de ataque son lo fundamental. El seguro médico debería ser lo penúltimo en recortarse, sólo antes que el seguro de vida.

Demasiadas variables. Demasiadas dependencias, todas bailando con zapatos de tacón en su cabeza. Al entrar en la cocina a por una pastilla, recuerda las hormigas como algo irreal, y de forma automática pasa el estropajo por la encimera, ahogando y arrastrando, demasiado cansado para darse cuenta. En la habitación, estira un poco el traje que va a llevar mañana, se pone el pijama despacio y se tumba en el lío de sábanas (no ha tenido tiempo para hacer la cama. No hay tiempo).

Con la luz apagada, los ojos fijos en el techo, intenta no pensar en nada. Los equipos de ataque no piensan en nada. No se plantean nada que les impida hacer su trabajo. Sin preguntas, salen a cumplir su objetivo y, si tienen suerte, vuelven a casa. Y se sienten como héroes. No tienen dudas sobre si están en el lado de los buenos, si lo que están haciendo está *bien*. No pierden la motivación por hallarse enterrados en papeleo día tras día, ni tienen miedo de que aparezca de repente un glitch provocado por un párrafo mal redactado hace meses, y que eso cueste reestructuración, broncas, despidos… y, en última instancia, pérdidas para la empresa (que da la impresión de ser más importante que la muerte de media plantilla).

Por un segundo, les envidia. Justo después, recuerda lo que hacen y cómo les trata el resto de la compañía, y les compadece. Y, antes de que se le cierren los ojos, lo único que quiere es olvidarles, olvidar a sus jefes, olvidar la compañía, olvidar que aún no le ha roto la nariz a esa ameba despreciable de Recursos Humanos que trata a todo el mundo como basura.

Olvidarlo todo.

Y conseguir una vida extra en otra parte.

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